Un análisis sobre el comunitarismo contemporáneo: cómo la búsqueda de refugio en lo propio puede derivar en el aislamiento identitario, la segregación del lazo social y el desafío de reconstruir un «nosotros» universal frente a la lógica del nosotros contra ellos.
Por Claudia Benítez
HoyLunes –Hace unos días me encontré en un espacio maravilloso de lectura de poesía, el tema era: lo que nos evoca la piel. En ese mismo espacio pude percibir también el crecimiento sostenido del comunitarismo como forma de organización social y política. Este fenómeno emerge, en gran medida, como respuesta a un apego rígido a ciertos referentes comunes que lejos de abrir el espacio compartido, tienden a clausurarlo y a fragilizar el lazo social. Cuando esta exigencia se transforma en encierro identitario, los individuos tienden a fijarse en esa pertenencia colectiva, debilitando el horizonte de valores que hacen posible la vida común. Lejos de resolver las tensiones que atraviesan las comunidades profundizando así una problemática ya existente: la segregación, cualquiera sea su forma, justificación o respuesta.

Cuando la identidad social se construye desde la oposición, el resultado es la fragmentación del espacio común. Reivindicar el respeto de la diferencia no debería implicar un repliegue sobre uno mismo ni la negación de las violencias y atrocidades cometidas en el pasado o en el presente. Por el contrario, reconocer la diversidad supone inscribirla en un marco común, fundado en el respeto mutuo, el diálogo y la igualdad de derechos. Cuando esta articulación falla, la variedad deja de ser una riqueza y se transforma en una línea de fractura que alimenta la discriminación, cualquiera sea su forma: cultural, simbólica, territorial o política.

Se pasa así de una sociedad concebida como proyecto colectivo a una yuxtaposición de comunidades que coexisten sin encontrarse verdaderamente. El “nosotros” se construye en oposición a un “ellos”, percibido como amenaza o adversario, lo que refuerza la desconfianza y reduce las posibilidades de intercambio, la diversidad —que podría ser una fuente de enriquecimiento— se convierte en un factor de tensión permanente. En este contexto, la sociedad deja de concebirse como un proyecto colectivo y se transforma en un mosaico de comunidades cerradas, cada una con sus propias normas, valores y reclamos.
Resulta paradójico que, en nombre de la protección de identidades vulnerables, el comunitarismo termine reforzando mecanismos de exclusión similares a aquellos que dice combatir. Incluso el arte —espacio por excelencia de alteridad y creación— puede transformarse en una reivindicación vindicativa y, de ese modo, perder su potencia de mediación simbólica.

Frente a este escenario, el desafío consiste en repensar la convivencia social sin negar las diferencias, pero evitando su absolutización. Reconocer la pluralidad no implica renunciar a un horizonte común. Por el contrario, exige fortalecer espacios de encuentro, diálogo y negociación que permitan articular identidades diversas dentro de un marco compartido de derechos universales.
En definitiva, la problemática del comunitarismo no radica en la afirmación de las identidades, sino en su aislamiento. Superar las lógicas de segregación implica apostar por una sociedad capaz de integrar la diferencia sin convertirla en frontera y de construir comunidad sin excluir al otro.

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